Los secundarios hoy para muchos jóvenes se convierten en cárceles de donde intentan salir lo más pronto posible. Los docentes observan esta transformación y se convierten en “contenedores” de los chicos. (Fotografía: Juana Carrasco)

Entramos caminando tímidamente al Ipem N° 21 Alfonsina Storni, de barrio Liceo III sección, donde nos encontraríamos con nuestra entrevistada. Las rejas en las puertas y ventanas nos daban un indicio de que entrar (o salir) de allí no es tarea fácil, sólo se podría hacer a través de la puerta de entrada que esa mañana no contaba con ningún guardia ni portero, abierta de par en par invitaba a pasar y recorrer las dos alas del colegio. Un ala a la izquierda y otra a la derecha, elegimos la derecha porque de allí se escuchaba el barullo de los chicos en plena clase.
Tras la presentación con el directivo presente y que nos diese total libertad para recorrer el colegio, decidimos caminar el ancho pasillo que en ambos lados concentra los cursos de secundaria y donde los chicos hacía apenas unos minutos habían comenzado una nueva hora cátedra.
Conforme aumentaba un año el curso, los chicos se encontraban más ansiosos, dispersos y en algunos casos incontrolables.
Las voces de los chicos intentan ser calladas con algunas órdenes de los docentes. “Escuchen”, “Atiendan”, “Matías sentate”, “Camila vení acá”. Cada tanto un insulto entre compañeros, un grito y otro alumno más que lograba salir del aula y corría al baño, a la puerta de salida o a la preceptoría.

“Yo, preceptor”

Preceptor: “Persona que en una casa acomodada se encargaba del cuidado y educación de los niños”, señala un diccionario. Con la modernidad, ese rol se llevó a las escuelas y a finales del siglo XX, todos los alumnos argentinos que pasaron por un colegio secundario seguramente recordarán ese preceptor que le tocó algún año por ser muy rígido o por lo contrario ser el docente más dado dentro del colegio.
Iris Bocalón tiene 46 años y casi la mitad de su vida ejerció como docente. Es maestra de primaria por la mañana y preceptora por la tarde, es decir, hace lo que hoy la mayoría de los docentes tienen que hacer para poder sobrevivir: cumplir varias funciones en distintos colegios para lograr un sueldo digno.
Cuando a Iris se le pregunta cuál es la tarea más complicada que tiene que hacer como preceptora, la respuesta es sorprendentemente triste: “lograr que los chicos permanezcan dentro del curso”.
Esta tarea que desarrollan miles de docentes y no docentes en colegios de toda la Argentina será narrada de tantas maneras diferentes cuanto preceptores haya.
Sin embargo, a partir de un par de preguntas a Iris sobre su función en la escuela pone de relieve una vez más lo que muchos alumnos sienten que es la escuela, una institución que tiene más similitud con la cárcel que con otro tipo de espacios donde se de lugar a la sabiduría, a la creación y a la transformación.

En primera persona

-¿Por qué te dedicaste a ser preceptora?
– En ese momento por una necesidad económica y después ya le tomé la mano, ya me gustó y ya me quedé, ya me sentí cómoda en el cardo.
– ¿Cuál es la tarea más complicada que ves en este trabajo?
– En este trabajo lo que más se nos complica es lograr que los chicos permanezcan dentro del curso y que cumplan con los hábitos de convivencia: respetar a los profesores, a los compañeros, que traigan los útiles de trabajo, que hace a la tarea diaria de ellos.
– ¿Cuáles son los problemas específicos que vos observas en la institución?
– La falta de límites que tienen los chicos y sobre todo la falta de respeto que tienen hacia los demás, tanto así como a los docentes, como a sus compañeros.
-¿Cómo lográs resolver los problemas que se te presentan con los alumnos?
– Y siempre conversándolo en forma particular, dialogándolo, preguntándole qué le pasa porque por ahí, si vienen con una carga afectiva muy grande, es porque están pasando problemas serios dentro de sus familias, tratamos de contenerlo.
– O sea primero hablás con ellos personalmente y después…
– Sí y después se habla con el resto con el curso.
-¿Te sentís respaldada por la institución?
– Sí, permanentemente por el equipo directivo y por los compañeros de trabajo también.
– ¿Cuál sentís que es el objetivo qué tenes vos en este trabajo?
– Y… orientar a los alumnos, a los chicos, a los adolescentes en el transcurrir de su secundaria. Y aparte seguir apuntalándolos, viéndolos y guiándolos para que terminen siempre el secundario, porque no le ven como algo para su futuro ellos al secundario.
– ¿Qué situaciones violentas te ha tocado vivir y cómo las has resuelto?
– Y violencia… generalmente que se han peleado entre ellos, varones y entre mujeres también… interfiriendo en medio de la situación, separándolos y después tratar de aislarlos hasta que se calmaran, para ver qué es lo que ha sucedido, qué es lo que pasó y después dialogar con ellos explicarles, y hablar con los padres, informarles lo que ha pasado.

Ya lo decía Foucalt

Ese sentimiento de encierro, esas ganas de ser libre de los jóvenes haciéndose la “rata” del colegio y logrando escapar a la disciplina, las clases y las normas de esa institución, no es cosa “de los chicos de ahora”. Décadas atrás ese pensamiento ya existía en los alumnos, particularmente de secundaria, que es cuando se busca contradecir el orden impuesto, romper las reglas y rebelarse a aquello que no les agrada. La diferencia es que quizás ante sociedades tan estructuradas y conservadoras, donde tanto la institución escolar como la familiar penalizaban gravemente a aquel alumno que quisiese salirse del sistema, los jóvenes solían reprimirse más estos impulsos de querer salir.
Hoy, en algunos colegios como el Ipem que visitamos aquella mañana, los alumnos ya no se reprimen más las ganas de ser libres, de salir del aula y abren una batalla con los docentes y preceptores que intentan mantenerlos dentro del aula mediante diferentes estrategias ya que el sistema educativo así lo indica.

En Vigilar y Castigar (1975), el sociólogo francés Michel Foucault ya analizaba que en todos los planos de la sociedad moderna existe un tipo de prisión continua desde las cárceles de máxima seguridad hasta las escuelas.
Los colegios toman elementos de las prisiones que incluyen el encierro, la distribución interna de las aulas y alas del colegio (¿pabellones?), la disciplina, el castigo o las sanciones, los horarios, las jerarquías, modos de relacionarse y dirigirse a los docentes y directivos, etc.
Aquello que en el siglo pasado era mucho más estricto (y sobre lo que algunos educadores aún añoran de sus años de educando), hoy no encuentra lugar en las aulas ni en los chicos ni en la sociedad. Y se habla de una “crisis” y de que “ya no existe el respeto a los superiores” y de profesores que están desbordados.
Comenzamos hace ya 15 años un nuevo siglo, pero continuamos con una vieja escuela, viejas estructuras y formas de relacionarnos. Es tiempo de que las escuelas dejen de ser cárceles y comiencen a ser un lugar donde se construya la libertad tan ansiada de estos jóvenes.