-Hola, ¿Dónde estás que no te encuentro?

-Estoy con la Cooperativa, estamos al final, venite para acá que somos un montón.

-No, los espero en Deán Funes y General Paz que ya fui y vine hasta la mitad de la marcha varias veces y estoy muerta.

-Es que no llegamos hasta allá, venite caminando a contramarcha que no vas creer lo que ves, somos dos cuadras con los carros.

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Hace 14 años que voy (cubro) movilizaciones de organizaciones sociales, partidos políticos, sindicatos, autoconvocados, indignados, de campaña, de ahorristas, de jubilados, de estudiantes, de profesores, de desempleados, etcétera.

Cada vez que me dispongo a asistir (cubrir) una marcha es lo mismo: comienzo a caminar en forma apresurada hacia ella, a contramano, mientras reviso en mi bolso si tengo lapicera, un papel o anotador, grabador con pilas y el celular para chequear si llego a tiempo o no. Pero si hay algo que siempre, en estos 14 años, hice en forma exacta es comenzar a cubrir la marcha por la columna central, la que dirige la movilización, la que lleva la gran bandera con el lema de la misma, donde se sitúan las figuras convocantes de la misma, las caras conocidas, las personas a entrevistar, las que se debe seguir cada palabra, paso o gesto, los dirigentes. En palabras más simples, el inicio de la movilización.

Para no perder la costumbre, este miércoles 18 de noviembre de 2015, a la 9° Marcha de la Gorra la cubrí de esa manera, al encuentro del inicio de la movilización. Llegamos con mi compañero con un paso apresurado (ya que la convocatoria era a las 17 horas y el reloj ya marcaban las 18.50) al encuentro de la columna central que venía por la calle Colón en dirección a la Plaza San Martín donde finalizaría la misma con la lectura del documento conjunto y la actuación de bandas de música locales.

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Colgué el teléfono y hacia allá nos dirigimos, hacia el final de la marcha. Tal como nos había indicado Sergio por teléfono.

Cortamos camino por la peatonal para llegar más rápido, y salimos por la calle Tucumán. Nos cruzamos con banderas del MST y de agrupaciones de izquierda y seguimos caminando a contramarcha. Ya había contabilizado unas ocho cuadras de marcha y no encontraba el final.

Entre bombos y cánticos, comencé a escuchar un sonido diferente. Un cloc, cloc, cloc. Cada vez más intenso y cercano. Cloc, cloc, cloc.

Volví a apresurar mi marcha a contramano y tras una gran bandera negra con estrella roja y las siglas EO (del Encuentro de Organizaciones), todo cambió a color verde. Verde intenso.

En las remeras que llevaban aquellos hombres, jóvenes, mujeres y niños encima de los carros con la inscripción “Cooperativa de Carreros y Recicladores La Esperanza”. Todos no, casi, porque el presidente de la Cooperativa, más conocido como “Purruco”, ese día se destacaba encima de su carro con una remera de color amarillo intenso con la silueta de las Islas Malvinas.

Dos cuadras, “más de 140 carros”, escuché decir a un organizador de pasada, cientos de familias acompañando por primera vez en sus carros, en el Centro, la marcha que le dice basta al abuso policial, la marcha que le dice basta al gatillo fácil, la marcha que le dice basta a las detenciones arbitrarias de los que ellos son constantes víctimas.

Orgullosos, en sus carros, con sus caballos, su medio de transporte y de trabajo, el medio que tan naturalizado tienen manejar desde pequeños, que tan fácil les resulta subir y bajar en minutos, el animal que con un chst o con un pequeño tirón de riendas ya le comunican la dirección y velocidad al que deben ir.

Tres hileras de carros por cuadra que pudieron sortear el cerco policial en Cañada y Elpidio Gonzales que no los dejaba llegar al Centro. Todos marchando al compás, despacio, disfrutando de ser parte, bromeando, saludando a cámara y haciendo chistes. Con alegría, así se marcha cada año en la Marcha de la Gorra.

Un paisaje inolvidable, un paisaje único y primerizo para la Marcha de la Gorra que pocos vieron ya que solo algunos esperaron al final de la multitudinaria movilización.

Y si esa intromisión de cientos de carros en pleno centro de la Ciudad- lugar al que sólo accedemos ciudadanos de clase media, adultos y niños con cierto aspecto que no genere “sospecha” entre el resto de los ciudadanos/consumidores- si esa intromisión era ya demasiado espectacular e increíble, ver encima de los carros a curas junto a esos jóvenes, fue –al menos para mí- surrealista.

“Subase, subase”, me gritaban unos chicos al verme compenetrada intentando registrar este evento. Mi torpeza corporal no me permite darme ese lujo de subir a un carro andando, pero hubiese sido sin dudas otra mirada, otro sentir, de ese andar, de ese recorrer las calles, de ese ser parte.

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Un carro comandado por De la Sota y tirado por policías (otros dirán por perros), que a su vez eran tirados por jóvenes con gorrita.

Otra imagen surrealista, aunque una excelente metáfora lograda por un grupo de teatro que a su vez se cruzaba con otro integrado por el famoso helicóptero de la Policía que alumbra con su luz los barrios populares de Córdoba y “señoras y señores bien”, de esos que claman por seguridad a gritos, atormentados por la delincuencia urbana.

El dantesco escenario era en Deán Funes y General Paz, tras casi una hora de marcha y mi parada para grabar esta interacción y descansar luego de ir y venir observando, capturando imágenes e impresiones.

“Yo soy la prima de Manuel Paneta, a mi primo lo mató la Policía”; “Esta es una práctica sistemática de la policía, el sargento Leiva y el oficial Chávez, los dos policías mataron a Manuel Paneta y a Güere Pellico”; “Toda la cúpula policial sabía lo que hacían”. Se escuchaban estas frases por los altoparlantes de una camionetita. Las voces eran de mujeres, algunas incluso muy jóvenes, todas al borde del llanto.

Eran las madres, hermanas, primas, amigas, novias, de las víctimas de gatillo fácil en Córdoba. Todos con un denominador común: pibes jóvenes de barrios populares.

La mayoría muertos por uno, dos, tres, balazos por la espalda. Todos con “historias oficiales” de casos de enfrentamiento, fugas, resistencia a la autoridad, intento de robo, etc. Y todos con proyectos e historias personales que quedaron truncas en manos de la Policía.

Nicolás Nadal, Christian Guevara, Exequiel Avila, Miguel Angel Torres, Lautaro Torres, Matías Paneta, Exequiel Barrasa, Facundo Rivera Alegre, Yamila Cuello, Güere Pellico, Ivan Rivadero, Vanesa Castaño, David Moreno, Jorge Reyna, Rodrigo Sánchez, Ismael Sosa, Brian Pimpollo Guaima y Rodrigo Sanso. Son los 18 pibes cordobeses que el miércoles se los recordó y se pidió Justicia por ellos.

Son los 18 rostros que se pudieron ver en fotografías de color (ya no contamos sólo a los 30 mil jóvenes desaparecidos durante la última dictadura militar que podemos recordar en fotografías blanco y negro) cargadas por esas mujeres que los lloran hace semanas, meses o años.

Son 18 pérdidas sin razón más que la segregación de clases: vos vivís, vos no. Esa ruleta rusa que gira en cada arma de cada uno de los más de 16 mil policías cordobeses.

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Pena de tres años de prisión con inhabilitación especial por el termino de seis años para ejercer cualquier cargo o empleo público por los delitos de abuso de autoridad continuada; abuso de autoridad reiterado y coacción”.

Esa fue la sentencia que se dictó, el pasado 5 de noviembre en la ciudad de Córdoba, al ex comisario Pablo Alejandro Márquez por exigir a los oficiales bajo su cargo “que prestaban servicio en el Comando de Acción Preventiva del Distrito Policial VIII  ‘al menos dos detenidos por turno’ para lograr hacer un ‘colchón de personas detenidas por contravenciones’ y generar frente a sus superiores y a la ciudadanía en general ‘una impresión de eficiencia y efectividad’, a sabiendas de que las órdenes que impartía ‘eran ilegales por violentar las normas que regulan la materia’”, según consta en los fundamentos de la sentencia dictada por la Cámara 6° del Crimen.

Tres días después de esta sentencia, el sargento Montoya y la cabo López disparaban por la espalda a Braian Brion (18) en el Barrio Cura Brochero de la estación de Villa de Soto, a sólo 170 kilómetros al noroeste de la ciudad de Córdoba.

Braian tuvo suerte, la bala le perforó un pulmón y salió. “La bala salió a dos dedos del corazón”, me contó su mamá Blanca por teléfono desde el hospital donde estaba internado Braian.

“Lo que quiero yo es justicia porque si hicieron esto con mi hijo lo van a hacer con otro”, me decía angustiada. A los minutos de cortar el teléfono, me escribió un mensaje al celular: “Hola soy mama de brayan tiene whasap para embiale una foto” (sic).

La foto llegó. Un pibe en una cama de hospital con un tubo que entra por el costado izquierdo de su pecho y su mano izquierda conectada al suero. No hace falta ser médico para saber que esas no son “lesiones leves” como consta en la imputación avalada por un médico que se dice forense pero que, según explicó el abogado de Brion, no cuenta con esa especialidad y no pudo determinar el orificio de entrada y salida del proyectil (que a su vez nunca apareció para determinar de cuál de las dos armas salió, si la del sargento o la de la cabo).  Raro, ¿no?

Braian podría haber estado este miércoles en la lista de las víctimas de gatillo fácil leída durante la marcha, pero su buen estado físico y la negativa de los vecinos presentes en el lugar de dejar que el mismo policía que le disparó lo llevara luego al hospital, le salvó la vida y se recupera en el hospital.

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 “Derogación del Código de Faltas. Acceso a información pública sobre la cantidad real de detenciones efectuadas por el Código de Faltas y accionar policial. Basta de gatillo fácil”, son las tres primeras consignas de esta nueva convocatoria que llevó el lema: “En tu Estado Policial te marchamos de frente mar”.

Conocer la cifra real de detenciones realizadas por la Policía por el Código de Faltas es imposible. Desde 2011, la Policía de Córdoba se niega a dar información. En 2011 hubo 73.100 detenidos bajo alguna contravención del Código de Faltas, es decir, que ese año hubo un detenido cada 7 minutos, 205 detenidos por día. La mayoría por merodeo, no llevar el DNI encima, resistencia a la autoridad y consumo de alcohol en la vía pública.

La 9° Marcha de la Gorra tuvo nuevos integrantes como los carreros y los curas que iban al final de la enorme columna calculada por Daniel, uno de los encargados de la seguridad de la Marcha, en unas 20 mil personas.

Sin embargo, hubo ausentes. Las banderas de La Cámpora, Nuevo Encuentro y varias otras organizaciones kirchneristas no acompañaron el reclamo como en ediciones anteriores.

La razón: la postura de la Comisión Organizadora ante las elecciones de ballottage que se celebrará este domingo.

“Antes de leer las adhesiones a este documento, queremos dejar en claro que esta movilización se da en el marco de una coyuntura particular, escenario de ballottage en cuatro días, queremos expresar que la mesa de organización de la Marcha de la Gorra es un espacio que históricamente ha representado la unidad entre sectores en muchos casos antagónicos y por lo tanto no tiene una posición unificada en relación a las elecciones”, cerraba el documento conjunto que se leyó al finalizar la marcha.

Pero lejos de perder fuerza, la Marcha de la Gorra colmó diez cuadras de militantes sociales y ciudadanos que se manifestaron contra el abuso policial en la ciudad de Córdoba pero también en Río Cuarto y San Francisco.

Como cada año, ese día el Centro fue de los pibes con gorra, fue un día de fiesta y de lucha.

(Fotografías y videos: María del Mar Job)